Mientras me ajusto la chilaba africana que me compré la semana pasada en el mercado pienso que posiblemente nunca, o al menos en bastante tiempo, él sea capaz de leer esto. En primer lugar porque su español es aun únicamente un propósito de año nuevo. En segundo porque, quien sabe si encontrará el camino hasta este rincón de la web con lo poco dado que es a la red, o eso al menos me hace creer. Está lleno de riesgos ciertamente. Abrir las puertas de tú casa a un desconocido los implica irremediablemente, a veces con excitación –en el sentido casto del calificativo- otras unidos al miedo, casi todas a los dos. Como que tú compañero de piso te retrate en un blog por ejemplo.
El Eastern Cape es una provincia situada al sur del sur. Oos-Kaap (en Afrikaans) o Mpuma-Kapa (en Xhosa) como así lo prefieren llamar los verdaderos dueños de esta tierra en la que el hombre blanco puso su primer pie allá por el 1820. Nuestro protagonista nació en el seno de una familia humilde-como no, el elegido solo podría serlo cuando yo juego a ser el Dios, alguien del pueblo, defecto profesional perdonádmelo- en la industrial Port Elizabeth, al tiempo en el que nacer negro, o en tu tierra, implicaba llevar una identificación como tal y ser ciudadano de tercera clase, o mundo. No fue fácil claro. Aun hoy es una de las regiones más pobres de Sudáfrica en la que la economía de subsistencia convive alegremente con cajeros automáticos y Kentuckys Fried Chickens(KFC) llegados desde overseas. Que adjetivo este tan colonial por cierto. Al menos, y con motivo de orgullo, algunos de los políticos más influyentes del continente corretearon por la tierra de los Xhosa en sus juegos de infancia, a saber: Nelson Mandela, Oliver Tambo, Walter Sisulu, Chris Hani, Thabo Mbeki, Steve Biko and Charles Coghlan.
Creció siendo el último de tres, pero al contrario de lo que pueda parecer ser el pequeño no le reportó excesivos cuidados especiales. Así me lo contaba con un vaso de vino en la mesa. Entre mujeres como digo. Y así fue que pasó los cursos hasta llegar a la universidad y pudo estudiar alguna de las posibilidades ofrecidas a los de su condición. Año 1994 fin del Apartaheid, 23 años. Canalizando ese esfuerzo en vivir todo lo que se les había negado, peleando y recogiendo frutos en forma de ascensos. Dando importancia a lo conseguido. Abriendo la mente al foráneo, que no al sudafricano-al sudafricano foráneo entiéndase- al blanco.
Todo esto más o menos antes de que a través de terceros compatriotas acabaramos conviviendo bajo el mismo techo. Cálido recibimiento, paternalista tratamiento, cómoda convivencia sin más. Un ofrecimiento. Pasar las navidades juntos, en “familia”. Ese día el racional se había quedado dormido leyendo informes insulsos en la oficina por lo que rápidamente aventuré el “sí quiero”. Bien jugado.
La estación de autobuses se encuentra en el downtown de la ciudad, en el CBD-Central Business District-, en el meollo vamos. Ningún blanco pisa la zona al caer la noche, todo queda desierto de sombras. La gente volvía a su casa por navidad, se embarcaban en un viaje con todos los cachivaches posibles y por portar, traer algo de la “prosperidad” de la gran ciudad supongo. Me sentí un poco como en Soweto al principio, cual observador de la ONU, más tarde era uno más con la pequeña Khomzaa de la mano. Ciertamente no sé quien protegía a quien.
Doce horas de autobús, una música horrible y unas papas somnolientas compartidas después llegamos a nuestro destino Lusikiki. El concepto de pueblo, o núcleo urbano, europeo no tuvo calado en los arquitectos urbanistas africanos, bueno eso y el gusto por el “desorden” africano y las políticas del apartheid. No digo que las miles de casitas y casas dispersadas colina arriba y colina abajo no dispongan de todas las comodidades –retrete fuera de la vivienda incluido- pero no está de más decir que no he visto ni una ciudad/pueblo de una belleza destacable en este país. Ciudad del Cabo es un país y un post aparte.
Como no se sintetizarlo mejor reproduciré lo que me pasó por la cabeza tras las 24 horas en el lugar:
“Hoy me ha vuelto a guiñar el ojo desde el altar. Una familia anónima hasta hace horas, de las de los “otros” se hace mía en un momento tan señalado. Parece que me hago mayor, les he echado de menos en cuanto les he colgado. La navidad, rezo con ellos, mi casa más lejos que nunca por un momento cerca. Doy gracias a toda esta gente que me hace esta noche creer en la humanidad, aunque sea solo un poco.”
Pero, como siempre los detalles marcan la diferencia.
En el África que pude ver en aquellos días la mujer se me presentó como algo que ya intuía, la fuente de vida de la economía y familia negra. Todas y cada una de las chicas de la casa andaban con un trajín de idas y venidas hacía la cocina, los baños, la cuerda de tender…mientras los hombres dábamos buena cuenta de los platos que nos iban sirviendo mientras ocupábamos las pocas sillas con mesa de la casa, gran casa si relativizamos la situación al entorno. Una figura emergiendo en todas las ordenes y acontecimientos cotidianos, la matriarca. Y es que tradición y modernidad conviven. La escena bien podría ser la de nuestros abuelos-a lo Cuentame- en una reunión con primos, tíos y parientes más lejanos, pero el detalle a no dejar pasar por alto es que aquellas chicas con batik y trabajo doméstico a destajo son ingenieras, psicólogas o agentes de seguros en la Sudáfrica de hoy.
El día de navidad temprano se sacrificó un cordero para la comida, yo mientras tanto seguía con mi rol de observador de naciones unidas incapaz de poder echar una mano en aquello. Más tarde ponía rumbo a la iglesia junto con T.M., el sobrino de mi compañero de piso. T.M. es un poco mayor que yo, viste a la última moda de Londres y tiene ya su propia empresa. Pelear para conseguir. Es todo amabilidad y respuestas ante mis preguntas de niño curioso, ¿a qué iglesia vamos? ¿Qué lenguas enseñan en los colegios? ¿Cómo va la empresa de trabajo temporal con las nuevas reformas? ¿el coche es diesel o gasolina, hay muy pocos diesel no? En fin yo cual perro salivante ante una pelota de tenis y el lanzándomela con toda la buena fe como digo. Por cierto fresco y lluvia, nada de chanclas.
La misa. Lo de “es casi una experiencia religiosa” del idolatrado aquí Enriquito Iglesias-nunca mejor ese apellido- se quedó corto. El edificio era una simple nave de planta rectangular de una sola altura. Ninguna cruz o imagen de santo en un vertiente cristiana que no contempla este tipo de simbolismos. Un escenario, que no altar, unos altavoces Ibanez, micrófonos, una batería, un organillo y un pequeño atril también. Todo eso con su correspondiente músico, un predicador para el atril. En esta zona del país hablan Xhosa, por la que esa era la lengua de la ceremonia obviamente. Sin embargo, y espontáneamente, el director de la ceremonia pidió un traductor al identificarme entre la gente como al único no negro o, en este caso, el único que no iba a entender nada. Y no solo eso. En los anuncios previos a la ceremonia, tras ya unos cánticos de los más animados y souleros posibles, el predicador instó a la audiencia a dar una cálida bienvenida a “nuestros visitantes que han venido desde muy lejos, desde España”. Acto seguido una hilera de mujeres, hombres y niños tras voltearse sonrientes hacía la más tímida de mis versiones comenzaron a abrazarme y saludarme uno por uno. Cálida África.
Mas la cosa no acabo ahí. Menudo discurso apasionado, ¡qué manera de interpretar por Dios! Al predicador le faltaba escenario entre tanto gesto y cambio de registro en su voz, modulada según las exigencias del guión, o de la liturgia en este caso. El intérprete en su papel secundario reproducía en ingles unos segundos más tarde, cual señal televisiva de satélite, cocinando una situación bastante graciosa la verdad. El orador, carisma pura, instaba a su público a utilizar las sagradas escrituras cuales instrucciones para guiar nuestro pasos en la vida, y compartía su experiencia –esto me pareció la leche- en la que había pasado de ser un alcohólico a predicador y fundador de la iglesia en la que estaba, la cual antes era una taberna.
Al caer la noche del día de navidad se organizó en la casa la entrega de regalos. Las maestras de ceremonias, dos chicas de mi edad, organizaron unos juegos previos en los que participó toda la familia, momento estrella ver al abuelo ladrando como un perro, espontaneidad. Yo, personalmente había llevado tres regalos, uno para mi compañero de piso, otro para su niña y uno más para mis anfitriones aquellos días. Esperaba un regalo por parte de mi compañero de piso, pero jamás pensé que alguien que no me conocía de nada me fuera a regalar un marco para fotos precioso en el que “puedas recordar este día en el que esperemos te hayas sentido como en casa”. Me sentí en hogar, la verdad es que ciertamente lo consiguieron. Al final de la ceremonia de entrega de regalos incluso cada uno desde el más pequeño al mayor, y yo también que menos, se levantó y agradeció con cálidas y sinceras palabras los regalos que acababan de recibir. La familia, el legado. Navidad.
El menú copioso de aquella noche tenía una base de espinacas, ternera, calabaza, arroz, pollo, maíz y algunas cosas más que logré identificar y no recuerdo ahora. Muy sabroso aunque ahí si eche de menos sin remedio mi casa, a mi mama y a su comida de navidad. Las fantas , en botellas de cristal, no faltaban. Antes de comer las chicas jóvenes con una tina de agua y jabón lavan las manos a los mayores de la casa.
Antes de mí vuelta en 16 horas más de autobús rural celebramos el cumpleaños de la pequeña de la casa el día 26. Ceremonia religiosa mediante, esta vez en una carpa en el jardín, está vez lo que me dejó claro la situación es la espontaneidad y facilidad de hablar en público de esta gente. Una noche de salida fuera del pueblo, un festival de música popular- una suerte de Montalba, de pequeño FIB- sentirse observado, ser el único blanco –el DJ se llamaba Black Coffee- la camaradería de la gente, ¿Cuántas veces más me va a servir la excusa del mundial para empezar una conversación?.
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| Gracias |
Y llegamos a casa. Porque ya llamo casa a este rincón del hormiguero minero que es Johannesburgo. Unas navidades diferentes, lejos, pero en el fondo nunca más cerca de casa. Porque el calor, o el frio no sé, llegó y bien, desde España.